Felipe Cabello Zúñiga
Cronista de barrio de San Juan del Río
Hay presentaciones de libros que se olvidan al salir del recinto… y hay otras que se quedan flotando, como si algo se hubiera movido por dentro. La de “Lo siento, no pude hacer algo mejor de mí”, de Óscar Molina, fue de las segundas.
La cita fue en el Foro San Juan, en el Portal del Diezmo. Un espacio que, con el paso de los años, se ha ido llenando de voces, de lecturas, de silencios compartidos. Esa tarde no fue la excepción. Ahí estuvieron, acompañando la palabra, Alfredo Flores , Felipe Cabello Zúñiga y el propio Óscar Molina, en una conversación que fue más allá del protocolo y se volvió cercana. Issac Velázquez fue el encargado de presentar a los ponentes.
El libro de Molina no busca la perfección: apuesta por la experiencia. Es una poesía que se mueve entre la memoria, la pérdida y el desencanto, pero sin caer en lo fácil. Aquí el amor no es un ideal, es una marca. Algo que transforma, que deja cicatriz. En ese tono directo, a ratos crudo, se pueden reconocer ecos de Charles Bukowski y Jaime Sabines, pero sin perder nunca una voz propia, íntima, que no pide permiso.
Entre comentarios, lecturas y reflexiones compartidas por Alfredo Flores y Felipe Cabello Zúñiga, la tarde fue tomando ese ritmo pausado de las buenas charlas, donde la literatura no se explica: se siente.
Uno de los momentos más intensos llegó con el poema “Desaparecidos”. No hubo necesidad de levantar la voz. El silencio hizo su parte. Porque el texto no habla del que falta, sino de lo que queda: la mesa, los floreros, la carretera… objetos cotidianos convertidos en huellas. En rastros de alguien que ya no está, pero que sigue habitando las cosas.
Hay imágenes que no se olvidan. Dejar flores en tumbas sin nombre. Colgar una fotografía en el cuello de Cristo. Son gestos que rebasan lo individual y se vuelven colectivos, casi necesarios, en un país donde la ausencia se ha vuelto parte del paisaje. Ahí, la poesía deja de ser sólo literatura y se vuelve una forma de mirar —y de no olvidar.
La lectura avanzó sin prisa, como quien sabe que no hay consuelo al final. Porque este libro no lo ofrece. En sus páginas, la muerte no es un tema: es una presencia constante, cotidiana, casi doméstica. Se mezcla con el cuerpo, con el deseo y con la memoria. Y al final, lo único que queda es esa imagen persistente: en algún lugar, ellos siguen existiendo, cosiendo sus camisas.

Quizá por eso la presentación no terminó cuando se cerró el libro. La gente se quedó unos minutos más, en silencio, como si cada quien estuviera acomodando algo por dentro.
Porque hay libros que se leen… y otros, como el de Óscar Molina, que se quedan.

