Felipe Cabello Zúñiga
Cronista de Barrio de San Juan del Río, Querétaro
Formados frente a su nueva casa están de izquierda a derecha: Jesús Hernández, Juan Manuel Ocampo, Rafael Zamorano, José Luis Figueroa Mejía “El Bigotes”, Román Morales, Félix Hernández, Marcelino Olmos, Edilberto Montenegro, Demetrio Alegría y Enrique Trejo, chofer de la pipa.
La fotografía fue tomada un mes antes de la inauguración. No hay autoridades aún. No hay discursos. No hay protocolo. Sólo ellos. Formados frente al edificio nuevo, con sus botas de hule, pantalón de mezclilla y los chaquetones regalados por los bomberos de Chino, California, y el orgullo contenido. La Central cerrada detrás, esperando el acto oficial del 24 de febrero de 1980.
En esa imagen no aparece sólo la generación de los setenta.
Ahí están hombres que comenzaron cuando no había edificio, cuando todo era voluntad, cuando el cuartel era una refaccionaria y después una tienda.
Ahí está la historia completa.
1968: cuando todo comenzó
En 1968, el 1er Comandante Felipe Cabello Leyva dio el primer paso. Desde su Refaccionaria Cabello, en Avenida Juárez Poniente 108, comenzó a organizar el servicio. No había estructura formal. Sólo urgencia y decisión.
En enero de 1969 logró la legalización.
En diciembre de ese mismo año dejó el cargo.
Pero lo que sembró no desapareció.
De los fundadores, Jesús Hernández permaneció en la línea de mando como segundo comandante, cargo que ya ocupaba durante el periodo de mi abuelo Felipe Cabello y que continuó desempeñando después.
No se rompió la historia.
Se sostuvo.
En 1970 llegó Sergio Pesquera como primer comandante. Bajo su liderazgo, junto a Jesús Hernández, la institución se consolidó durante toda la década.
Pero en esa fotografía de 1980 no están sólo los que se integraron después.
Están también quienes iniciaron el camino con mi abuelo.
La inauguración no fue un relevo generacional.
Fue un reconocimiento acumulado.
La tienda, la hermandad y el crecimiento
Después de la refaccionaria, la operación pasó a la tienda La Mexicana, propiedad de don Jesús Hernández, “Don Chucho”.
Ahí ingresó Félix Hernández en 1976.
Y aunque él pertenece a la generación que vivió la transición hacia la formalidad, siempre reconoció que lo que recibió fue herencia de los primeros.
Cuando la nueva Central quedó lista, Félix sintió dos emociones profundas: orgullo y nostalgia.
Orgullo por ver consolidado el sueño.
Nostalgia por dejar atrás la tienda donde todo era inmediato, casi familiar.
Antes, la llamada entraba directo ahí.
No había guardias formales.
No había estructura compleja.
Había respuesta.
Con la nueva Central, el aviso lo daba el guardia en turno. Había disciplina más estricta, orden, formalidad.
Era crecer.
Pero crecer significaba dejar atrás una etapa íntima del servicio.
Félix lo expresó con una frase que hoy resume toda una vida:
“Podré salir de bomberos, me podrán sacar de bomberos… pero bomberos nunca saldrá de mí.”
Esa frase no pertenece a una generación.
Pertenece a todas.
El 24 de febrero de 1980
La ceremonia oficial se realizó en el marco de la XXIX Mesa Redonda de la Asociación de Bomberos del Centro de la República.
El presidente municipal era Gustavo Nieto. El terreno pertenecía originalmente a don Juan Ruiz y a su hermana Catalina. La construcción fue financiada por Gonzalo Río Arronte, con apoyo de industriales locales. La inversión superó los tres millones de pesos.
Además, la ciudad hermana de Chino donó dos motobombas. Sus representantes estuvieron presentes y, como documentó la revista Visión de Provincia en abril de 1980, recibieron un obsequio por parte de los bomberos sanjuanenses.
Hubo protocolo.
Hubo aplausos.
Hubo discursos.
Pero lo verdaderamente importante no era el acto.
Era que en esa Central estaban representados los que empezaron en 1968… y los que continuaron después.
Lo que realmente se inauguró
La Central —que hoy lleva el nombre de Comandante en Jefe Sergio Pesquera— no pertenece sólo a una generación.
Pertenece a la semilla que plantó Felipe Cabello en 1968.
Pertenece a la permanencia de Jesús Hernández.
Pertenece a la consolidación bajo Pesquera.
Pertenece a quienes ingresaron en los setenta como Félix.
El 24 de febrero de 1980 no se inauguró solamente un edificio.
Se reconoció una continuidad.
Una institución que no nació de golpe, sino que creció con relevos, con transiciones, con hombres que se fueron y otros que llegaron, pero que compartieron la misma vocación.
Y esa fotografía tomada un mes antes resume todo:
No es una generación.
Es una línea de fuego que comenzó en 1968… y que sigue encendida.

